De tanto…

De tanto…

De tanto escribir lo que se debe, respetando el buen uso idiomático, tratando siempre de proponer una idea, aunque muchas veces yo mismo me dé cuenta que me quedo en el intento. Hoy quiero rebelarme contra todo eso. Hoy propongo otro recorrido, para mí, para ustedes.

En verdad quiero decir que ciertas cosas me hartan un poco, escucho a tantos sabios en casi todo, aquellos que cuando opinan no opinan sino que realizan un nuevo tratado sobre el tema en cuestión, que cada expresión debiera tomarse como una emanación de la fuente misma del conocimiento. A los que ya no les cabe nada, de tanto que saben.

Me hartan los hombres que toman al auto como una “prolongación peneana” -que les levanta la autoestima y la virilidad- que cuidan y protegen y lustran y alaban constantemente rindiéndole un culto desmesurado que los hace a ellos creerse también un 0 Km para dejar de ver los achaques, las miserias, todo lo que sólo superamos con esfuerzo y voluntad. Se me ocurre que tanto tiempo gastado en hablar del auto o en lavarlo, lustrarlo evita caer en el vacío interior en el que los espejos son implacables.

Y están ellas, las que creen que con el culo pueden conquistar el mundo y actúan en consecuencia, convencidas que las neuronas son un adorno –casi innecesario- que algunas lucen mejor que otras pero comparadas con un buen culo no tienen chance. Uno luce y seduce; las neuronas en cambio son un tesoro oculto que no todos están dispuestos a buscar.

Por eso, marchan tan seguras, tan sublimes envueltas en esa arrogancia que no sabe de nada, que no interpreta que el paso del tiempo y la ley de la gravedad harán declinar la prestancia de cada curva y entonces los hombres dejarán de darse vuelta para observarla. Y allí, en ese penoso trance entenderán que sin neuronas es difícil librar una batalla contra el calendario y que algún hombre se les acerque sin otra intención que...

También están “los herederos”, los que creen que las cosas deben ser como se dan, que nada tiene que cambiar y entonces se ufanan de su posición socioeconómica; atacan el otorgamiento de los planes sociales, las políticas de inclusión, la ayuda que otorga el estado porque en definitiva detestan la pobreza. La asocian a la delincuencia, a la marginalidad.

Hijos de, nietos de, que nunca alcanzaron nada por sí solos, que todo les llegó por esa portación de apellido con la que sobreviven creyéndose distinguidos. Chacareros, comerciantes, sin otro horizonte que no sea el dinero y embrutecidos por la rusticidad de un pensamiento lineal que nunca superaron y la laxitud de no haber tenido que realizar esfuerzos en toda su vida.

Me hartan demasiado quienes ante cualquier situación que encierre un compromiso intelectual enseguida aclaran, sin sentirse estúpidos, “yo soy apolítico” o “yo soy independiente”. Pocas veces el ser humano emite una frase tan autodegradante, que desnuda la escasez de inteligencia y vaya a saber uno para qué.

 ¿Para evadirse del compromiso de denunciar una pertenencia que lo identifique? ¿Sentirse en un escalón por encima de las ideologías políticas considerando a estas de forma peyorativa? ¿Creerse dueños de una capacidad de abstracción que les permita tener un grado cero de influencia por la realidad que nos circunda y nos modifica?

Nada de lo que sucede en la interacción humana desde que el hombre decidió vivir en sociedad es “apolítico”, todo está atravesado por una idea política a la que los demás adhieren o rechazan. Al parecer sólo se trata de un gesto ridículo que exhibe obscenamente la pobreza de carácter para reconocer o admitir simpatía por ciertas ideas ó lo que es peor la ausencia de coraje para alzar sus banderas.

Y en este caprichoso recorrido por último están los periodistas. Esos son los peores y en virtud de no aburrirlos, lo que pienso de ellos –de nosotros- mejor lo dejo para otra oportunidad.