Una muerte y tantas otras...

Una muerte y tantas otras...

Anoche, cerca de las 20, pasaba por Ruta 205 y Uruguay cuando me tocó ver un conglomerado de autos y gente, patrulleros, ambulancia, personal municipal, todo en medio de un desorden generalizado avisando que estábamos frente a un nuevo accidente de tránsito en esa fatal intersección, que en este caso tendría consecuencias irremediables.

Un joven yacía muerto sobre el asfalto, su cabeza ensangrentada demostraba la gravedad del impacto, esto visto al pasar con el auto, a unos metros apenas, con el mensaje determinante que nos da la muerte cuando decide hacerse presente y allí estaba vestida de tragedia, dejando helados a todo el mundo con la conmoción que nos envolvía desde la escalofriante escena que nos tocaba presenciar.

Entonces, comienzan a cruzarse mil ideas por la cabeza, se produce una grave e irreversible laxitud en el cuerpo que nos hace perder de vista todo lo previsto; los rumbos y el destino final de cada uno de nosotros es sometido a cuestionamientos, porque la muerte nos pone de frente a su gran interrogante, nos hace saber sobre la fragilidad de la existencia, sujeta siempre a las vicisitudes de las circunstancias.

Pero no me quedé con mi con mis pensamientos, fui más allá de ese dolor y me puse a pensar en todas las recientes muertes en Chile y en Bolivia, la mayoría de ellos jóvenes, a manos de dictadores democráticos, que cargan en sus conciencias con las vidas de hermanos suyos, tan solo para imponer un modelo injusto que condena a la pobreza extrema a su pueblo para la expoliación artera de las potencias hegemónicas y el cipayismo local.

Y se me ocurría elucubrar cómo es que pueden los miembros de las fuerzas de coerción apuntar sus armas contra el pueblo, contra sus hermanos para matar, mutilar o herir, acaso no se ven en ellos, acaso no son parte de ese colectivo que lucha por recuperar la dignidad despojada, o no entienden que es mejor arrastrarse en la miseria que ser un asesino a sueldo, un sicario con papeles, al servicio de los intereses de una clase social dominante, a la que no pertenecen.

En fin, la conclusión refiere a la vida, lo bello e inabarcable de LA VIDA, que se encontraba tendida en el asfalto, vencida, derrotada y es que cada vida que se pierde de manera trágica resulta dolorosa, por eso no naturalicemos la muerte de nadie, podamos verlo presencialmente o no, que nos siga penetrando con su carácter definitivo, no permitamos que nadie se arrogue la facultad de arrebatar la vida de otra persona, menos aún para sostener la crueldad de sus injusticias.

Ojalá que no necesitemos ver personalmente un cadáver para repudiar la escalada de violencia que se vive en la región a manos de la una derecha que cuando lo considera conveniente mata, mata de hambre o te mata a balazos.