Tiempos Modernos (escrito hace 10 años)

Tiempos Modernos (escrito hace 10 años)

Por Raúl E. Valobra

La semana pasada me hallaba en Capital Federal, de recorrida por la calle Santa Fe, realizando algunos trámites personales. De pronto, tuve la ineludible necesidad de concurrir a un baño. Lo más cercano que divisé para satisfacer mi urgencia fisiológica, fue uno de esos locales de comidas rápidas. Hacia allá me dirigí con la premura del caso. 
El baño, por la maldita y caprichosa decisión de alguien, se encontraba en el último piso -el tercero-. Así que tuve que atravesar todas las instalaciones del local. Faltaban unos minutos para la una de la tarde. La concurrencia consistía -en su inmensa mayoría- en estudiantes que apenas tendrían 14 años. 
Desde el lugar en donde uno estuviera podía escuchar los incesantes gritos de los pre adolescentes. En una de las mesas que observé, cantaban todos –vaya uno a saber qué cosas- mucho más preocupados por ser escuchados con sus desaforados alaridos que por interpretar eso que, repito, no sé que sería. 
El autismo colectivo que identifica a estos niños, es manifiesto. Salvo con aquellos que condicen con esa clara y discriminatoria presentación del colegio privado al que concurren, denunciada en el bolsillo de sus saquitos, los demás no existen. 
Allí estaban, disfrutando de un frugal almuerzo, atiborrados de la típica soberbia con que este tiempo los ha investido. Quizá, el encuentro con ese almuerzo sea para muchos el verdadero motivo para concurrir al colegio. 
En ascenso por las escaleras, me crucé con una niña de 13 años tal vez, desde su boca suicida, un cigarrillo escoltaba de humo su paso. No pude salir del asombro que esta repetida escena me produce ¿cuál fue la necesidad que la llevó a portar como un arma un cigarrillo? ¿qué propaganda la convenció para que intoxicara sus pulmones vírgenes a tan temprana edad? ¿qué amigo le insistió para que lo haga y cuál le dijo que no lo hiciera? ¿quién reparó en la atrocidad de un cigarrillo culpable de muertes en una boca inocente de apenas 13 años? 
Los gritos se sucedían sistemáticamente, cuando una mesa recuperaba oxígeno, enseguida otra se levantaba en aullidos para decir presente. En medio de tanta furia, y habiendo evacuado mi necesidad, bajé aturdido por el cuadro. Espantado sería el término preciso. 
Mientras descendía iba pensando ¿cuánto gastan por día estas criaturas para comer “allí” un simple menú “chatarra” que además puede contener bacterias mortales? ¿sabrán que en la terrible crisis que nos toca como país los 4 pesos diarios que -más o menos- gastan es, en muchos casos, más de lo que una familia le puede destinar a su almuerzo? 
Seguro que no son responsables de nada, pero acaso eso los libera de poder entender y desmenuzar la suerte de haber nacido en un hogar que aún puede sostenerse al impacto de la recesión económica, que está fuera de la estadística que señala a los 10 millones de personas que hoy viven bajo la línea de pobreza en el país. 
O no ven por las calles del país niños “caras sucias” que a esa edad ya están ganándose el pan, juntando cartones, “cirujeando” o como sea. El sangrado y bendito pan que en ciertas oportunidades se transforma en una botella de vino para alguien mayor. 
O no perciben que, por la inexplicable trama del destino, niños con tremendas ansiedad de futuro resignan sus posibilidades ante las limitaciones económicas y deambulan las ciudades tratando de satisfacer necesidades apremiantes, impostergables. 
O no observan que, mientras ellos andan por la vida con la irreverencia de su temprana edad, otros niños recorren los tachos de basura para conquistar de los deshechos ajenos su alimento. 
Entonces ¿cómo pueden desentenderse de semejante contraste, de tan absurda realidad? Pero a su vez descargo a su favor ¿qué pueden entender si todo les fue incorporado como parte de una normalidad que no intenta subsanar errores? ¿De qué pueden sentirse culpable si no han podido ejercitar la carencia o la necesidad? y ojalá que no lo tengan que hacer. 
Celebro la virtud insolente y arrolladora de los jóvenes. Además, sé que les resulta imposible sustraerse del torrente sanguíneo que los empuja. Aunque por ello, tampoco los subestimemos ni los consideremos exentos de responsabilidad alguna. No los creamos tontos, dispuestos a consumir cualquier porquería ni que viven en una irreductible burbuja de indiferencia. Quizá, no hagan otra cosa que reproducir el mundo adulto o peor que eso, tal vez se encierren en esa apatía comunicativa para evadirse de nuestro legado. 
Salí del local sin muchas ganas de seguir golpeándome la cabeza contra tantos cuestionamientos irresolutos. Aunque a veinte metros rumbo hacia Callao terminé de explotar. Un hombre tirado en el piso envuelto en una frazada -junto a sus dos criaturas- extendía su brazo para exhibir en la mano una tacita, en la cual solicitaba una moneda. 
Me retrotraje a la escena anterior y pensé –otra vez lamentablemente- ¿cuántos de esos chicos se detendrían con una moneda que le estorba en el bolsillo para combatir la miseria de su prójimo? ¿cuántos sentirían su pecho desgarrado frente a la crudeza de aquella imagen? 
La solidaridad no se engendra de la nada, ni la otorgan junto al documento que certifica la mayoría de edad o un título de lo que sea. La solidaridad es más bien una práctica cotidiana que al estar presa de la inercia destruye la contención del tejido social. De ahí, mi desmesurada preocupación ¿podrán rebatir la indolencia cuando resulte vital a la convivencia y sustancial para el crecimiento humano que deben completar? 
Enseguida, lo asocie con otra situación patética que guardo en la memoria, aquella que involucraba a la hija -de 17 años- de un poderoso empresario que en una camioneta 4 x 4 arrolló y mató a un joven, a quien dejó tirado. Tras el suceso, se dio a la fuga e intentó encubrir el hecho de diversas maneras, asesorada por la familia. Fue condenada a trabajo social. Seguramente, fue la peor condena: convivir con gente necesitada. 
Siempre me pregunté ¿qué pudo haber hecho en su vida una jovencita para merecer un vehículo de 40 mil dólares? ¿cómo le inculcaron los justos valores de los merecimientos, si antes de entrar en razón, se movía en una virtual nave espacial? y sobre todo ¿quién le supo explicar que la vida de un ser humano no tiene un precio material asignado? 
Después de digerir aquella filosa relación enfilé hacia la entrada del subte de la línea “D” que se halla en Callao, me dirigí rumbo a Cañuelas y les miento si les digo que pude dejar de pensar en todo lo que hoy escribo.