La Cultura no tiene casa y le falta calle

La Cultura no tiene casa y le falta calle

(Escrito en el año 2015 hata que al fin llegó el ICC)

La Cultura. La Cultura. La Cultura. Todos se llenan la boca con la palabra Cultura pero casi siempre termina tapando agujeros pero no llenando contenidos. No hablo de este Gobierno. Sino de todos. Aunque este particularmente haya sido el que más invirtió en Cultura y Educación de los últimos 50 años.

Cuando pasó por la ciudad un nuevo foro de debate de la Cultura elaborado desde las cúpulas, poco se puede esperar ya que es un año donde se define una elección presidencial y resulta extraño querer implementar políticas a largo plazo. Sobre todo porque estas cúpulas demuestran poca permeabilidad al desarrollo de la Cultura en el escenario de la cotidianidad, se repliegan sobre sí mismas. Un alejamiento que sucede por la intangibilidad de proyectos entre ellos y el pueblo como consecuencia del encapsulamiento en el que generalmente caen.

Si la Cultura tuviese un mayor presupuesto sería más factible poder acercar mayores propuestas hasta la gente y generar políticas culturales efectivas y sostenidas en el tiempo que generen conductas que luego ayuden a la formación. Esto no ocurre de un día para el otro, necesita tiempo, continuidad, planificación y la dinámica del cambio, desde donde surge un sentido constante de pertenencia.

Si la Cultura se baja como una receta ideal que no es masticada previamente por las mandíbulas del pueblo no tendrá en su finalidad el carácter popular ni la masividad pretendida. Sin que los ejes de lo Popular y lo Masivo incidan negativamente sino todo lo contrario, para que le otorgue la frescura de verter como un manantial de raíces identitarias desde donde nos contenga a todos.

La Cultura debe nutrirse de los usos y costumbres de cada comunidad, de las prácticas que se modifican y le otorgan esa dinámica de adaptación a las nuevas generaciones con la que se reelabora en el devenir de los tiempos. Los ejes teóricos no pueden desplazarse de las bases que la construyen a diario, porque si eso ocurre se transforma en una teoría casi ficcional por donde se considera que debe transitar la Cultura.

Las cúpulas suelen perder contacto con lo popular, convergen en otras fuentes y la Cultura no alcanza a ser la expresión genuina que tiene representación sobre la sociedad y recorre la identidad desde sus raíces, recorre entonces la frivolidad estética y onanista de la egolatría. Termina siendo solo una expresión de clase que busca alcanzar la satisfacción personal.

En Cañuelas, se necesita un espacio propio para la práctica cultural, deberá ser el próximo salto de calidad, dejar de gastar en cuantiosos alquileres para diseñar un lugar donde se puedan articular las manifestaciones artísticas de la comunidad. Una deuda que no saldará esta gestión más allá de los esfuerzos denodados por acondicionar los edificios heredados, como el cine teatro ya en pleno desuso, y el conquistado, como el Instituto Cultural, del que aún muchos se preguntan la función que cumple en una dirección casi paralela a la Dirección de Cultura.

Sin embargo, el Instituto Cultural de Cañuelas le ha insuflado oxígeno a la actividad cultural centralizada, a través de los talleres gratuitos que proporciona y de los espectáculos que monta cada fin de semana. Aun así, todavía la falta oler a barrio, a sociedad de fomento, debe nuclear a las peñas folclóricas, reunir a los centros tradicionalistas, apoyar a los conjuntos de música, fomentar la artesanía. Salir del centralismo endémico y ganar las calles de toda la ciudad.

Apoyar la actividad culturar no se reduce a la simple entrega de subsidios, aunque parezca vital para perdurar en la trinchera de la creación. Mas bien consiste en organizar fiestas, encuentros, eventos donde estén presentes los artistas cañuelenses como números centrales ya que ÉSE es el respaldo que se necesita: escenarios donde el pueblo se vea y se reconozca en sus iguales a través de los distintos lugares en los que se respire cultura para expandirlos hasta todas las localidades.

Luego si se considera que a la revolución cultural la van a realizar los funcionarios del estado provincial que cobran sueldos casi de privilegio, donde apenas asisten a sus oficinas y desde allí solo promocionan sus carreras; si creemos eso caemos en un craso error. En principio, porque adolecen en muchos casos de la capacidad y la energía como para emprender una revolución. Luego, porque tampoco figura entre sus expectativas y solo intentan asegurar su saldo económico mensual.

Hubo un foro regional pero en Cañuelas nadie lo supo ni se enteró, fue casi en secreto y la convocatoria de los representantes de nuestro quehacer cultural –dentro de un circo que nada cambiará- fue antojadiza y caprichosa. Mientras esto persista como eje en las conductas de quienes deben decidir los rumbos de las políticas culturales poco se puede esperar de transformación y acervo en esta esfera de la realidad que seguirá tapando agujeros en vez de llenar con valores y contenidos a las personas a través de la emoción que producen los cultores, en cada entrega.